Quitémosle la “A” a las FARC

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Recuerdo cuando el proceso de Paz inicio, apenas terminaba de cursar mi último grado de bachillerato, la incertidumbre de todas las personas a las cuales les pregunte para aquel entonces cuál era su pensamiento acerca de la terminación del conflicto por medio del diálogo, era tal, que muchos sin conocerse parecían haberse encontrado en algún momento para ponerse de acuerdo en la negativa de que las FARC que tanto daño habían hecho a Colombia, se sentaran en una mesa y posteriormente entregaran las armas, mismas que los defendían y por medio de las cuales creyeron desde su fundación que sería la vía adecuada para tomarse el poder y hacer de una Colombia, un país mejor de acuerdo a su visión e ideología de izquierda.

Pasaron algunos meses y aunque los resultados por momentos parecían esperanzadores, en otros se creía que la voluntad de Paz por parte de las FARC y del Estado, no era igual en el discurso que en la acción, aun sentados en la habana los máximos dirigentes de uno y otro lado, en Colombia los ríos de sangre no cesaban, las víctimas crecían en número y la incertidumbre tomaba cada vez más fuerza, aunque el gobierno se esforzaba por decir lo contrario en los medios de comunicación. Admito que fui uno de esos escépticos.

Las calles era el escenario perfecto para hablar sobre los diálogos, desde el señor de la tienda, hasta el que vendía los cholados en la plaza central de Buga opinaban del tema, algunos defendían la labor del gobierno al argumentar que era importante acabar de una vez por todas con las FARC y que si las balas no lo habían hecho, intentarlo por las vías políticas podría ser una solución; otros en cambio se quedaron en la idea de que cuatro años más del expresidente Uribe, hubiesen bastado para acabar definitivamente con todo aquel que izara una bandera guerrillera.

La polarización empezó a tomar partido, me di a la tarea de comparar los relatos de mi abuelo materno acerca de la violencia entre liberales y conservadores con la situación que se empezaba a gestar, unos con el presidente Santos por la Paz y otros con el expresidente Uribe supuestamente con la guerra, y cada vez las diferencias eran menores, aunque no se agitaban trapos de colores ni se obligaba a pintarse el dedo de color rojo o azul al momento de asistir a las urnas, si se notaba como unos se juntaban de un lado y los otros del otro, empezaron a surgir movimientos en las redes sociales entre quienes defendían los diálogos y entre quienes apoyaban la idea del accionar exclusivamente militar. El odio se empezó a notar, las conversaciones sobre los diálogos en la tienda y en la plaza central ya se tornaban subidas de tono y algunas veces terminaban en discusiones, “Uribe era mejor, Santos traidor”, “Uribe Paraco, el pueblo esta verraco”: consignas de ese tipo escuche en aquellas discusiones de las cuales no veía por qué la necesidad de crear conflictos entre las personas mientras allá (La Habana) se intentaba precisamente dirimir un conflicto. Tampoco entendía aquello de que mientras dialogaban en la Isla, en Colombia se mataban.

Fue solo hasta Diciembre de 2014, mientras visite la zona rural alta de Guadalajara de Buga en el marco de un proyecto social que buscaba llevar regalos a los niños campesinos, cuando entendí que la Paz era necesaria para Colombia, escuchar con la voz entre cortada los relatos de la masacre de Alaska a manos de grupos paramilitares y el dolor e incertidumbre que sentían los campesinos cuando quedaban en medio de los enfrentamientos, la pérdida que dejan las balas de un bando y del otro y el rencor que deja sembrado la impotencia de no poder hacer nada mientras mi compatriotas sufren en el campo, fue lo que me hizo reflexionar. Mientras aquí en la ciudad la gente empezaba a rasgarse las vestiduras para defender la violencia y otros para defender la Paz pero con más violencia, en el campo estaban mujeres, hombres y niños, esperando una oportunidad para poder trabajar la tierra tranquilos, sin el miedo que causa la guerra y con la esperanza de sobrevivir con sus familias en un país que los tiene abandonados. Entendí que no podía ser egoísta, y pretender pedir las armas cuando no era mi familia quienes tenían que vivir lo angustioso de un enfrentamiento, era una infamia. En ese momento no le creí al gobierno, pues este no me convenció con su discurso, le creí a las víctimas, a los campesinos que me dijeron que ese proceso de Paz era una esperanza para sus vidas, los jóvenes exclamaron que sería una oportunidad para ser felices y levantarse una mañana sin pensar en las balas o en reclutamiento. También al igual que yo desconfiaban del gobierno.

Empecé entonces a seguir las páginas del gobierno y los noticieros que iban entregando informes acerca de cómo se desarrollaba el proceso, el panorama era alentador, se notaba cada día que las FARC no harían lo que hicieron en El Caguán con el expresidente Pastrana y que la Paz por fin podría consolidarse en Colombia como una oportunidad para reconciliarnos como nación y dejar de invertir en la guerra para aumentar la inversión en educación, salud, vivienda, etcétera, que permitiera entre otras cosas avanzar en la construcción de un país mejor, con un democracia fortalecida que representara la libertad de participación política para no tener que recurrir a las armas como plataforma para imponer una visión de Estado y de gobierno en nuestra República.

Esa esperanza muchas veces se vio atacada por los diferentes tropiezos del proceso, sin embargo, debo reconocer que el obstinado esfuerzo del equipo negociador logró superar las barreras que por momentos quisieron encerrar el proceso en una bola de nieve y botarlo lo más lejos posible, porque nadie quería saber de él. El plebiscito por su parte fue una de esas barreras que para cierto momento parecía ser la que ganaría y que la bola de nieve esta vez sí era real, ese ha sido uno de los peores desaciertos del gobierno y su equipo negociador, la politización de un proceso que debía centrarse en la educación y el despertar de la esperanza en el pueblo Colombiano ocasionó su pérdida, claro, esto sumado al esfuerzo del equipo contrario al proceso que si supo impartir miedo y rabia para que la gente saliera a votar verraca.

En últimas, el acuerdo se modificó, se firmó y se inició la implementación tras una larga batalla jurídica ya que la popular se había perdido. Aquí Santos el jugador  hizo de las suyas, lo logró y se llevó por su valentía y ahínco un merecido premio Nobel de Paz. La democracia en defensa del mismo concepto del Estado Social de Derecho, no puede permitir que un clamor popular este por encima de un bien supremo como lo es la paz. “Si un gobernante debe elegir entre lo popular y lo que está bien hecho, debe elegir lo que está bien hecho” Juan Manuel Santos.

Desde aquella firma en la ciudad de Bogotá el escepticismo no había cambiado, los que apoyaron con el Si en el plebiscito dudaban en secreto de ciertas acciones que discurren en el camino, sumado al arduo esfuerzo de los enemigos del proceso por hacerlo trizas y restarle toda legitimidad legal y política.

No obstante el gran día ha llegado, a las FARC oficialmente quítenle la “A”, porque ellos seguirán luchando ahora con las dificultades de su imagen, para desembocar en una plataforma política e ideológica, ratificada en el compromiso de que nunca volverán a empuñar un arma tras la  búsqueda del poder.

Sorprende que para entonces a muchos colombianos no les interese este gran acontecimiento o que siendo peor todavía se dejen convencer con las mentiras que rodean la implementación: “Aun teniendo una de las zonas de concentración de las Farc más grandes, en La Guajira, no se alcanza a visualizar los cambios que produce la dejación de armas en nuestros departamento. La indiferencia de la comunidad es notoria y el desconocimiento del tema hace que los rumores tomen el control. Rumores como: las armas que van a entregar son solo para protocolo, pues todos los guerrilleros van a quedar con un arma personal para delinquir en las ciudades”, Viviana Pineda, habitante de la Guajira.

Así mismo en otro rincón del país, aunque la esperanza y el trabajo de la juventud sigue viva por tener un país en Paz, la realidad de la sociedad parece ser otra: “Para todos los jóvenes debe ser de gran alegría este proceso de dejación de armas, ya que somos nosotros los principales afectados por los conflictos armados. Es de gran sorpresa ver el escepticismo que se ven en la mayoría de ciudadanos. Espero que los jóvenes sigamos trabajando en construir cultura de paz”, Cristian Palacios, director de la iniciativa juvenil Cartas por la Reconciliación.

En la capital del país, el ambiente aunque sigue dividido en torno a quienes sí apoyan el proceso y los que no, la situación hoy es muy tranquila según nos cuenta el politólogo Franz Rodríguez: “El ambiente sigue siendo de polarización, están los escépticos del proceso y quienes se ha movilizado en torno a la posibilidad de darle fin al conflicto. Existe tranquilidad frente al parte que entrega hoy la misión de verificación de la ONU, es muy técnico y contundente en la medida que se han entregado más armas en este proceso por combatiente que en procesos de paz anteriores, poder identificar con claridad el calibre y modelo de las armas deja un sentido muy alto de tranquilidad por su profesionalismo en la identificación y permite que la gente que esta desconectada de la guerra como nosotros los de la ciudad, entienda y se conecte con un proceso de paz tan importante, lo que termina siendo muy positivo”.

Lo positivo de la dejación de las armas es que fija un panorama importante hacia la consolidación de la Paz, el hecho de que se haya reducido notoriamente el número de víctimas de la sociedad civil y la muerte de los combatientes, abre un camino importante de reconciliación y de construcción de una verdadera Paz, estable y duradera, ojala desde los territorios.

“No le fallamos a Colombia, hoy dejamos las armas” de esta manera Alias Timochenko máximo comandante de las FARC, le dijo a los Colombianos que su compromiso adquirido en la Habana en nombre del grupo revolucionario se estaba cumpliendo.

Ahora nos toca a nosotros, a usted que esta leyendo estas líneas, a su familia, a su vecino y conocido, a sus amigos y los míos, poner un poco de nuestro esfuerzo para que lo elaborado no se desmorone, defender la Paz que tanto anhelamos y contribuir todos y todas al establecimiento de los principios de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición, para que nunca, léase bien: Nunca, en Colombia tengan que volverse a matar entre colombianos a causa de una diferencia que se puede dirimir en los escenarios políticos.