La paz es de todos

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En estos tiempos cuando la esperanza se ha perdido, donde no hemos descansado un segundo del flagelo de la guerra, donde quizás la mayoría nunca hemos visto una Colombia en paz, todavía queda una luz para querer cambiar el rumbo.

Hoy la violencia nos golpea a todos y aún más a los que se han topado de frente con el ruido de las balas, con el estruendo de las bombas, con las mutilaciones de las minas, con los insultos de los bandos, con la violaciones de derechos y encima siguen sufriendo en el momento que el estado indolente no les brinda las garantías suficientes de justicia y reparación.

Es entristecedor el hecho de pensar que hemos creado ríos de sangre con piedras de odio y represas de cuerpos despojados de sus almas en una guerra que busca defender la soberanía colombiana, pero que para ello tiene que matar colombianos. Lo peor es que ya no nos aterra.

Nos sorprendemos al encender la televisión, al leer la prensa sobre los combates que se viven en Irán, Irak y otros, nos aterra ver cabezas separadas de sus cuerpos por los terroristas, cantidad de muertos entre ellos mujeres y niños, y nos parece increíble que se maten entre hermanos. Pero no nos aterra las cifras de falsos positivos, los militares muertos, los guerrilleros asesinados, la población civil desplazada de sus hogares a causa de la guerra, los homicidios por parte de las bacrim, el desconocimiento del estado de zonas a las cuales nunca ha llegado, la explotación minera por parte de grupos armados al margen de la ley, la contaminación y tala de árboles selváticos para sembrar coca, el hecho de no poder pisar partes del territorio de mi propio país con el miedo de recibir algún ataque, las
alarmantes cifras de jóvenes reclutados forzosamente (jóvenes que son nuestro presente colombiano y del mundo, reconocidos en los discursos muy bonitos por cierto, como el motor y futuro de nuestra nación y que cruelmente en muchas ocasiones de allí no pasa), tampoco nos preocupa cuanta inversión en armas haya que hacer si se trata de matar a cuanto guerrillero se atraviese, pero luego sin ofender a nadie organizamos marchas y paros para exigir al gobierno salud, educación, empleo y en fin todas las necesidades básicas. País de las maravillas.

Aquí en el país de las maravillas donde todo puede pasar, donde se vive en un cuento de hadas y pasa lo imposible, aquí donde cometo un delito y me voy a pedir asilo político porque no hay garantías, donde los expresidentes quieren ser senadores y poner talanqueras a todo lo que el nuevo gobierno hace, porque no han sido capaz de asumir que ya no tienen el poder; en el país donde absurdamente después de ser uno de los primeros en gastronomía en la Guajira se mueren de hambre; el país donde nos desestabilizamos un día por la muerte de honorables soldados de la patria, pero al día siguiente ya somos felices porque Colombia ganó un reinado o porque la selección ganó un partido de futbol; el país donde todos los colombianos hemos comprado una venda que nos tapa los ojos, la nariz y hasta la boca, y que acomodadamente no la quitamos por pedacitos cuando nos conviene, veamos pero callemos, hablemos pero sin ver; y ¿oler?… Para qué, si aquí todo huele feo, en lugar de matar el olor, tapémonos la nariz y “todo bonito, todos fuiciosos” como el meme de las redes. Me sorprende incluso la manera como nos alegramos por que matan guerrilleros y como nos entristecemos por que matan a soldados. Hace un tiempo cuando lamentablemente unos jóvenes servidores de la patria perecieron tras un ataque todavía confuso por parte de las FARC, Colombia entera entro en conmoción moral, aprovecharon perfectamente los enemigos de la Paz para sacar a relucir sus más bonitas expresiones de odio y de rencor; pero me surge el interrogante si después del acuerdo temporal entre el gobierno y las Farc la historia hubiese sido la misma pero del lado contrario, las mismas edades, el mismo número de jóvenes, las mismas condiciones pero en este caso no soldados si no guerrilleros, ¿también habríamos reprochado esa acción?, me queda la duda.

Pero lo que más me asombra es que aunque sabemos que todo lo que he mencionado atiende a una única causa especifica: la guerra, aún después de más de medio siglo de conflicto armado interno, seguimos pensando que todavía por las vías de las armas vamos a ganar la guerra. Mentira, gran mentira. La guerra no se gana, la guerra genera odio, rencor, resentimiento, muertes, tristezas, falsedades, traiciones, injusticia, desigualdad social, económica y política; Y eso es todo lo contrario a la PAZ, la paz es verdad, justicia, compañerismo, reconciliación, perdón, cariño, amor, e infinidad de valores y estadios de la vida que la violencia de ninguna forma y en ningún momento nos podrá brindar.

Colombia, mi querida Colombia, ubicada en el trópico del mundo, con variedad de plantas, animales, raza, cultura, gastronomía, personas brillantes, privilegiada con los dos océanos a lado y lado, la más feliz del mundo (contradictorio pareciera), no puede seguir detenida en un conflicto entre colombianos, llevamos 50 años intentando dirimirlo por medio de las balas, es hora de buscar un medio alternativo.

Es cierto que algunos les causa miedo la paz, pues de seguro la guerra es un gran negocio, pero esto no debe ser talanquera para no intentarlo, hoy abundan de manera coordinada, desde puntos diferentes pero con el mismo concepto los discursos que buscan frenar los diálogos, diciéndole a los colombianos que es un proceso ilegítimo, que el país se lo regalarán a las farc, que es un proceso de impunidad más que de paz, que tres años gastando millones de pesos para que los jefes la pasen bueno, y en final cantidad de comentarios cargados de odio y resentimiento, componentes de la violencia que como ya comente solo genera más violencia.

Un modelo de justicia transicional es a lo que el Doctor Humberto De La Calle le ha apuntado desde el inicio de los diálogos, el gobierno seguramente no está entregando el país a las Farc, pero se trata de una negociación y por lo mismo se debe buscar un término medio donde todos los implicados sacrifiquen algunos intereses pero se beneficien con otros. En ese orden de ideas, es colocar puntos de acuerdo para sanar el daño causado a todos los colombianos por parte de los dos bandos. De ahí a que lleve tres años, totalmente de acuerdo que deben acelerarse, pero en El Salvador hubo 33 años de conflicto y 11 de diálogo, no quiero decir que debe tardarse, quiero significar que un proceso de tal magnitud es de rigurosidad, entendiendo que del acuerdo no solo pende la entrega de las armas, incluye por supuesto la reinserción de los guerrilleros, la calidad de educación, las oportunidades de empleo y una vida digna que deberá garantizar el estado a los que decidan dejar las armas y hacer una vida nueva pero vestidos de civil.

Colombianos, de nosotros dependerá que el acuerdo sea exitoso, del abrir nuestro corazón y perdonar (a veces cuesta más perdonar a quienes han visto el conflicto desde la tribuna, que al que lo ha padecido), saber que desde la reconciliación se construirá la verdadera paz, en la comunidad, en cada territorio, atendiendo a las necesidades que padecen los colombianos, es así que no se podrá aplicar un mismo modelo de paz para todo el país, si no que existirán muchos modelos que se deberán construir desde cada zona de acuerdo a la actividad socio-cultural y que no dejara de estar en conexión con unos parámetros nacionales que busque las estrategias adecuadas para lograr el sueño tan anhelado de la sociedad. Y también es claro que esto no se lograra solo, que no bastará el actuar desde la barrera. Si nosotros los colombianos no asumimos una posición responsable y participativa en la construcción de paz, nos vamos a hundir en el rencor y ni siquiera los hijos de nuestros hijos conocerán un segundo de paz en Colombia.